El modelo tradicional de desarrollo inmobiliario suele seguir una línea recta: la inmobiliaria diseña, luego licita y finalmente la constructora ejecuta. Sin embargo, este esquema es el principal responsable de las desviaciones presupuestarias. Cuando el diseño no conversa con la realidad operativa desde el día uno, llegar a los costos esperados por el mandante se vuelve una tarea cuesta arriba.
Hoy, la gerencia de proyectos necesita certidumbre financiera. Y esa certidumbre no se logra presionando los márgenes en la etapa de licitación, sino a través de la integración temprana.
El verdadero trabajo colaborativo comienza mucho antes de los movimientos de tierra. Cuando la constructora participa en la etapa de diseño, se abre una ventana de oportunidad para realizar ingeniería de valor. Es en este momento donde se pueden evaluar alternativas de materialidades, ajustar procesos constructivos y resolver interferencias que, de detectarse en terreno, implicarían sobrecostos y retrasos. La experiencia de la constructora aplicada al diseño arquitectónico y estructural permite optimizar cada metro cuadrado para que el proyecto sea financieramente viable.
En un contexto económico complejo, las inmobiliarias, requieren mayor certeza en sus nuevos proyectos, y la integración temprana permite realizar los ajustes necesarios al proyecto para llegar al costo esperado sin sacrificar la calidad final, definir procesos constructivos que aseguren el cumplimiento de la carta Gantt y eliminar el margen de error en la compra de materiales, asegurando el abastecimiento.
Entender la construcción como un proceso aislado es un error costoso. Las obras que cumplen sus plazos y presupuestos son aquellas donde la relación constructora-mandante se gestiona como una verdadera sociedad estratégica. Trabajar con el mismo objetivo desde el inicio es la única forma de transformar un buen diseño en un negocio rentable.